[ Diario I ]

No entiendo en que la gente se enriquece de en paso a paso más aprisa. Yo todo lo que veo es un collage que se entreteje de máscaras cansadas. Suelas contra el piso rápido, y más rápido, como un flamenco decadente donde todos corren, huyen y encuentran méramente nada. Cuando me sumerjo me siento un pequeño punto que se disuelve en ese torbellino gris sin nombre que es la vida diaria.
La gente, corre, se empuja, suda, y metro por metro las caras van al piso buscando una respuesta en los teléfonos o los zapatos del de enfrente. Las únicas sonrisas son las que se dibujan entre los besos de los que viajan en pareja. Más allá de aquellos, quedan trajes, portafolios, bolsas y mochilas que desgarran con su peso los cuerpos que los cuidan como si en eso les fuera la vida. Y quién sabe, tal vez en eso les va la vida.
Yo intento caminar a mi ritmo porque realmente no importa mucho si llego diez, o quince minutos antes. Entonces, por los lados me empujan cuerpos recios en su avance y blandos en su calma.
Somos como insectos rodeando una maravillosa luz brillante, pero en vez de luz son puertas de transportes que nos llevan insufriblemente atretejidos e infinitamente distantes.




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